Democracia y cultura: la necesidad de los estudios de humanidades

DEMOCRACIA Y CULTURA: LA NECESIDAD DE LOS ESTUDIOS DEHUMANIDADES PARA UNA AUTÉNTICA SOCIEDAD DEMOCRÁTICA Y SUPROBLEMÁTICA EXISTENCIA EN EL MARCO DE LA SOCIEDAD-MERCADO.

Ángel Carrasco Campos

(en Seoane, J. (ed): Humanidades, ¿estudios culturales? Universidad de Alcalá de Henares, servicio de publicaciones, 2007. pp 71-79. ISBN: 978-84-8138-742-1)  

El extenso título que le he dedicado a esta breve comunicación es de suyo bastanteclarificador con respecto a los que en los siguientes minutos va a ocuparnos. No obstante, mi objetivo con esta pequeña intervención no es la de ofrecer unprofundo análisis sobre la situación de los estudios de humanidades dentro denuestra sociedad-mercado, objetivo imposible dada la exigencia de brevedad de las comunicaciones. Más acorde con la propia naturaleza de estas jornadas, me limitaréa intentar señalar lo mejor posible la dilemática situación de estos estudios en nuestro actual contexto social, con el fin de poder dar cuerda al urgente debate que por su importancia (tal y como pretendo señalar) debería salir más allá de los claustros universitarios para adquirir un carácter político, en el sentido más ampliode la expresión (un sentido casi etimológico).

Como punto de partida, tomaremos la siguiente descripción de la situación de los estudios humanísticos: por un lado, necesarios para el desarrollo pleno de una sociedad que, como la nuestra, presume de ser democrática; por otro, encuadrados y limitados dentro de las estrictas necesidades del mercado capitalista (necesidades que ideológicamente tienden a eclipsar las auténticas necesidades sociales). Comenzaremos analizando, muy brevemente, insisto, el primer polo de estedebate: la necesidad de los estudios humanísticos, en tanto que estudios culturales.

1) Necesidad de los estudios culturales

En sus primeras palabras de Qué es Ilustración, Kant afirma que “la ilustración es laliberación del hombre de su culpable incapacidad”, haciendo de su ¡sapere aude! el mejor slogan de la modernidad occidental, la que todavía hoy sigue siendo nuestra modernidad (a pesar de que no podamos ahora entrar en el extenso debate, casi historiográfico, acerca de la vigencia o no de la modernidad). Kant nos invita con ello a atrevernos a saber, a valernos de nuestro intelecto con independencia y autonomía, y con este pequeño “imperativo” hace de la sabiduría (medicina contra la ignorancia y la “incapacidad”) el auténtico pilar de la ilustración.

En tanto que proyecto, la ilustración, en sentido general, se desvela como un proyecto educativo, un proyecto que a, través de la iluminación de las sombras, libere a los hombres de sus propios miedos y auto-limitaciones. Ilustración implica, 72 por tanto, alcanzar la mayoría de edad, una mayoría de edad estrictamente intelectual y cultural: saber dar nuestros propios pasos sin ninguna mano o razón (por muy invisible o astuta que ésta sea) que nos guíe y conduzca. Para poder cumplir esta condición, necesariamente ha de descartarse cualquier forma de paternalismo, sea quien sea ese pater. Acontece así, como decía Nietzsche por boca de Zarathustra, la muerte de Dios… pero también la de sus personificaciones en la tierra: el Papa, el Rey… cualquier forma de autoridad heterónoma. El proyecto ilustrado resulta así, ante todo, un proyecto democrático (en el sentidomás amplio de la palabra) e igualitario: un proyecto que reclama un orden en elque el hombre, en su condición de ciudadano en condiciones formales de igualdad ante los demás ciudadanos, sea el último responsable de sí mismo, sin tener que dar cuenta más que a sus semejantes, en una relación esencialmente horizontal.

Ilustración y democracia resultan de tal modo conceptos co-implicados: el proyectoilustrado, en tanto que proyecto educativo y emancipador, no podrá culminarse sin un orden democrático. Es en este punto en el que aparece la necesidad de losestudios culturales y humanísticos, en tanto que tal orden democrático jamás podrá acontecer plenamente sin un proceso de educación de toda la masa ciudadana (un proceso de “educación masiva”), entendida sobre todo, pero no sólo, como concienciación de todos los ciudadanos de los derechos y deberes que, como ciudadanos autónomos y responsables de sí mismos, les corresponden (es decir,como concienciación de nuestro lugar en el mundo y en la sociedad).

Esta necesidad era manifiesta ya en la Grecia del siglo IV a. C., lugar y momento dela primera “Ilustración” acaecida en occidente, haciéndose explícita en la célebre afirmación de Aristóteles “todos los hombres por naturaleza desean saber”, que podemos encontrar en sus lecciones de la Metafísica. No podemos entrar ahora en un más exhaustivo análisis de la sociedad griega del siglo V-IV a.C., pero podemos tomarla como ejemplo ilustrativo y paradigmático. Los ideales democráticos (expresados en “todos los hombres”, de la mencionada cita de Aristóteles)trascendían por primera vez la mera política y llegaban al plano donde esta “mejorforma de gobierno” tiene su fundamento. El conocimiento salía a la luz, más allá dela oscuridad del templo, de la logia o del palacio, donde una élite, más allá del bien y del mal, acaparaba secreta y celosamente los más altos e importantes conocimientos. Este mal reparto de la sabiduría, una sabiduría que, no obstante,afectaba a “todos los hombres”, quedaría finalmente roto, forzado por la exigenciade publicidad y transparencia (por ese natural deseo de saber) que reclamaba la 73 ciudadanía, auténtica soberana desde que pudo costearse su equipación para participar en la defensa militar de su ciudad, a través de una nueva organización militar: la falange hoplítica de infantería. Los ciudadanos pasaban ahora legítimamente a ostentar el derecho (y, por aquel entonces, también la obligación) de tener la última palabra en toda cuestión política, en el sentido más amplio del término.

A pesar de todos los esfuerzos románticos de presentar a la democracia griega como modelo de la actual democracia, existen entre ellas innumerables diferencias de orden cualitativo. Sin poder analizar todas ellas, una de las que podemos encontrar, entre otras, es que en nuestra actual sociedad democrática la legitimidad de nuestra responsabilidad y acción política viene dada estrictamente por derecho.Sin necesidad de que demos nada a cambio (algunos pagan impuestos, son funcionarios, militares, etc., pero no es condición necesaria para ejercer, por ejemplo, el derecho al voto u otros derechos, también deberes, democráticos), se nos concede la posibilidad, aunque no la obligación (otra diferencia, también importante) de intervenir (con mayor o menor eficacia, ahora no es posible unanálisis crítico de la estructura de poder de nuestra democracia) en el devenir del espacio público compartido por todos; de nuestro espacio público y político.

El único requisito que se exige es, como antaño, el de la ciudadanía. No obstante,el concepto de “ciudadano” viene ahora respaldado básicamente por criterios biológicos (hablamos de una mayoría de edad biológica), que no supone para nada la garantía de un adecuado ejercicio de tal derecho, ni de otros derecho o deberes que, en tanto que ciudadanos, ostentamos. Es por eso, porque prescindimos de criterios de madurez social e intelectual más allá de la que se le presupone a un joven mayor de cierta edad (nadie exige un examen, prueba o ritual que constate la “mayoría de edad”) por lo que resulta necesario un adecuado proceso de educación masivo y obligatorio, entendido ante todo, insisto, como proceso de toma de conciencia de nuestro lugar en el mundo y en la sociedad. Ni siquiera el servicio militar (la “mili”) o la prueba de acceso a la universidad (la “selectividad”), pueden ser considerados bajo las actuales condiciones sociales, políticas y educativas como pruebas de madurez; tampoco a nivel simbólico.

Estaremos de acuerdo (y si no lo estamos, precisamente estas jornadas se establecen para debatir, entre otras, este tipo de cuestiones) en que, ante todo, los estudios culturales en el ámbito universitario deben ser una prolongación de esa educación que debe iniciarse y mantenerse en escuelas e institutos; y no una mera 74 profesionalización de la cultura. No obstante, la situación de los estudios universitarios, todos sin excepción, y más aún ahora con la inminente entrada envigor de la nueva ley de reforma universitaria, son más bien concebidos, y cada vez más, como un gran programa de formación de profesionales de la enseñanza de la cultura (como principal eslabón de la cadena de educación que exige la democracia). Aunque éste pueda ser considerado el primer y principal eslabón de la cadena educativa que exige la democracia, insistiremos que no es esta función la única y exclusiva que se requiere socialmente de los estudios culturales y de las humanidades, y menos dada su peculiar situación dentro de nuestra sociedad-mercado, tal y como ahora pasaremos a analizar.

2) Cultura como parte de la industria y del mercado

Introducida ya la necesidad de cultura y sabiduría dentro de una sociedad con pretensiones democráticas, analizaremos, también brevemente, el lugar común donde esa necesidad de sabiduría y de cultura viene desde tiempo atrás ofreciendo la posibilidad de su satisfacción: el mercado.

 A través del mercado (de la sociedad-mercado desarrollada desde finales de la Edad Media), es como tradicionalmente se hace y se ha hecho posible el intercambio de cultura, información, sabiduría… entre otras cosas y productos. Como lugar común a todos los ciudadanos en su condición formal de igualdad (en la sociedad-mercado, como en democracia, todos somos formalmente iguales, más allá de condiciones materiales como nuestra edad, nuestro físico, nuestro sexo…y nuestro poder adquisitivo), el mercado se constituye así como lugar de libre intercambio cultural. Sin embargo, esta libertad se hace posible tras pagar el precio de hacer de la cultura y de los estudios culturales uno de tantos productos con losque negociar. De tal modo, a pesar de su supuesta intangibilidad, adquieren un valor de cambio, regulado no por su intrínseco y constitutivo valor de uso, sino porla lógica interna de dicho mercado.

En nuestro gran mercado que es occidente, ya no cabe hablar de objetos ni de simples cosas, sino que debemos hablar en términos de mercancías, producidas mediante los complejos mecanismos de la industria moderna. Como mercancías, los productos, también los productos culturales, son relevantes ya no por su valor de uso (medios para la educación y la difusión de la cultura, en este caso), sino por su ya mencionado valor de cambio (su precio, si se me permite). Es necesario, por tanto, que en nuestra reflexión pensemos en los estudios culturales no en un idílico 75 e imaginario espacio autónomo e independiente de reflexión, sino inmersos en la actual situación de un capitalismo global, con todo lo negativo que ello conlleva.

Nuestra reflexión en torno a los estudios culturales, reflexión que nos convoca a estas jornadas de estudio, ha de tener ineludiblemente una constante mirada atenta al mundo, a lo que es el auténtico ser de las cosas, asumiendo la actual situación material, hoy por hoy insoslayable, y evitando contentarnos con meras observaciones teorizantes. A pesar de ello, la mayor parte de la ocasiones que se abordan este tipo de asuntos parece obviarse que el “mundo de la vida” de la sociedad moderna es más bien el centro comercial (y no el centro de estudios), a modo de “lugar común”, “punto de encuentro” o “forum” donde la “gente común” puede realizar la “actividad común”: ir de compras (el shopping). Debemos tener en cuenta que, por muy triste que resulte, más bien, todos los hombres, por naturaleza (por esa segunda naturaleza que es la “madrastra” cultura) desean comprar en lugar de saber. El halo de pureza que tradicionalmente mantenemos al hablar de la cultura no debe cegarnos: hemos de considerar muy seriamente que tras los estudios culturales se esconde también todo un mercado e industria, con sus propios intereses y fines.

Como una industria más, la industria de la cultura, con su propio mercado y amparada ideológicamente bajo tal carácter “cultural”, se constituye como medio de explotación sistemática y planificada (en este caso de la educación universitaria en forma de expedición de títulos como billetes de transporte hacia la profesionalización) según los estándares propios del capitalismo de rendimiento, producción y división del trabajo (en facultades, escuelas y departamentos, la gran mayoría de veces aislados, incomunicados o enemistados).

A modo de cadena de montaje, los alumnos, incluso en la supuesta carrera de estudios culturales total, las humanidades, vamos pasando por los sucesivos cursos y asignaturas para ser construidos a modo de autómatas, profesionales de la enseñanza o de la investigación dirigida por los intereses del capitalismo que invirtió en nosotros para tal génesis robótica. Incluso la libertad en la elección de asignaturas optativas y, sobre todo, de libre configuración, como reflejo del multivariado supermercado de la vida (donde se puede encontrar de todo), se presentan como tapadera, encubierta por el halo ideológico de la especialización, a modo de placebo académico, del proceso de mercantilización global en la universidad. Como mercancía, la educación y la cultura se ven privadas de su 76 función tradicional y necesaria dentro de los márgenes de exigencia de una sociedad democrática.

Podría sostenerse sin faltar a la verdad que en los últimos años se ha registrado un interés por la cultura mucho más difundido que en cualquier otro momento de nuestra historia. Se venden más libros, se visitan más museos, acudimos a más actividades tradicionalmente culturales, como proyecciones de cine, conciertos,obras de teatro… todo ello bajo el recién nacido concepto de “ocio y cultura”, aplicado al tiempo libre. La causa de dicho fenómeno, típico en las democracias occidentales, podemos situarla en el incremento, siempre constante, del bienestar, del tiempo libre y de la formación a nivel universitario, siendo esta enorme población universitaria el factor más importante de nuestra situación cultural de hoy.

Sin embargo, la posibilidad de que tal población universitaria logre sostener una cultura viva y de alto nivel parece, hoy por hoy, tarea algo difícil. Para ello, necesitaríamos una auténtica comunidad cultural, algo que no puede garantizarnos una Universidad regida por la ley de la oferta y la demanda y otras imposiciones denuestra socioedad-mercado. La Universidad actual, como ya hemos dicho, es más bien una fábrica de profesionales: nuestros licenciados no son capaces de “estar alcorriente” de cuestiones estrictamente sociales y culturales, a menos que las estén enseñando o que sean objeto de sus actuales investigaciones (es decir, a no ser que formen parte de su vida profesional, regida por las condiciones del mercado laboral).

El principal aspecto negativo de este creciente interés por la cultura consiste en el hecho de que hasta ahora este aparente renacimiento por intereses culturales es un Renacimiento eminentemente pasivo: un asunto estrictamente de consumo. Hemos llegado a ser hábiles adictos al consumo de cultura con tal de que lleve el de primera calidad (sello que otorgaría la universidad y otras instituciones con el adjetivo “cultural”, aunque no por ello ajenas a las imposiciones del mercado). Así, por ejemplo, los domingos podemos ver para las exposiciones itinerantes de El Prado largas colas de ciudadanos deseosos de un baño de cultura de “primera calidad”; mientras que su colección permanente, de no menor calidad, permanece en la ignorancia… a no ser que seamos turistas, claro.

Dinero, “tiempo libre” y saber: tres requisitos necesarios para la posibilidad de que se desarrolle una auténtica educación cultural que haga posible las pretensiones democráticas (en tanto que sólo una sociedad que pueda garantizar su subsistencia 77 y mínimo bienestar, puede permitirse el suficiente tiempo libre y de ocio para dedicarse a su perfeccionamiento). En la actualidad, estos tres requisitos son más abundantes y están más equitativamente distribuidos de lo que nunca estuvieron y, paradójicamente, no parece que hayamos logrado ser partícipes de una comunidad cultural autónoma, ajena a la lógica propia de nuestra sociedad-mercado, capaz dehacer posible una auténtica sociedad democrática. La cuestión de fondo es, portanto, saber si estamos invirtiendo adecuadamente tal dinero, tiempo libre y saber.

3) Reflexión final.

Nos movemos, por tanto, bajo la tensión de dos polos. Dos polos que, sin atrevernos a afirmar que son opuestos, sí diremos que están notablemente descompensados. Desde luego que socialmente está muy bien considerado tener ciertos barnices de cultura general, pero más allá de esa pequeña capa, pocas empresas, incluida la empresa pública y, supuestamente, de servicios que es el Estado, están dispuestas a inversiones que no den beneficios estrictamente económicos (por muy necesarios que sean ese otro tipo de beneficios, como los culturales y educativos, para el buen desarrollo de una democracia).

El lugar de las humanidades y de los estudios culturales en nuestra sociedad actual está en juego. No obstante, creo que el principal objetivo a conseguir no es sólo el salvarlos de la quema mercantilista y capitalista, como nombre o definición formal para una o varias licenciaturas, masters o especialidades, sino que también, y más importante, defender su contenido. Debemos exigir, por su necesidad social, la presencia institucional de los estudios culturales en la escuela, instituto y, porsupuesto, universidad, de un modo general y generalizado, pero también es nuestro deber el especificar qué ciertos contenidos son propiamente estudios culturales y de qué modo: establecer un auténtico criterio de demarcación autónomo, lo más independiente posible de cuestiones comerciales.

Es evidente que debemos reivindicar la inherente dimensión práctica de todos los estudios culturales en general, esa dimensión práctica que he pretendido señalar enestos minutos, procurando evitar que se conviertan en meras herramientas para el aprovisionamiento de datos eruditos y perpetuación de anecdotarios. Pero no por ello debemos consentir caer en la escaramuza ideológica del mercantilismo e identificar esa esencial dimensión práctica de los estudios culturales con la ciega adecuación a las necesidades de una sociedad-mercado cada vez más inhumana, tal y como se pretende actualmente desde esferas no tan alejadas del contexto universitario. Si de algún modo debemos considerar urgente una enérgica 78 reivindicación de los estudios culturales en la Universidad del futuro no es para hacer de ellos un engranaje más de nuestra sociedad-mercado y de sus propias necesidades; es para poder, a fin de cuentas, contar con un sitio donde fomentar nuestra capacidad para poder hacer de este mundo un mundo un mundo mejor.

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